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| John
Blanchard se levanto de la banca, aliso su uniforme de
marino y estudio a la muchedumbre que hormigueaba en la
Grand Central Station. Buscaba a la chica cuyo corazón
conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica
con una rosa en su solapa. Al tomar
un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las
palabras del libro, sino por las notas escritas a lápiz
en el margen. Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección.Ella vivía en la ciudad de Nueva York. Le escribió una carta presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a ultramar para servir en la Segunda Guerra Mundial. Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer. Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó. Ella pensaba que si el realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar. Cuando finalmente llego el día en que el debía regresar de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la Grand Central Station de Nueva York. Ella escribió: "Me reconocerás por la rosa roja que llevare puesta en la solapa." Así que a las siete en punto, el estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía. Dejare que
Mr. Blanchard relate lo que sucedió después: "Una
joven venia hacia mi, y su figura era larga y delgada. Sus labios
y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en
su traje verde claro, era como la primavera encarnada. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvo sus labios. Vas en esa
dirección, marinero?' murmuro. Era bastante llenita y sus pies,anchos como sus tobillos, lucían unos zapatos de tacon bajo." "La
chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí
como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y,
sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la
mujer cuyo espíritu me había acompañado tan
sinceramente y que se confundía con el mío. Y ahí
estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e
inteligente, y sus ojos grises tenían un destello
cálido y amable. Me cuadre, salude y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que, al hablar, me ahogaba la amargura de mi desencanto". Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita. Puedo invitarla a cenar? La cara de la mujer se ensancho con una sonrisa tolerante. No se de que se trata todo esto,muchacho,' respondió, 'pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplico que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo esta esperando en el restaurante que esta cruzando la calle. "Dijo que era algo así como una prueba!' No es difícil entender y admirar la sabiduría de Miss Maynell. La verdadera naturaleza del corazón se descubre en su respuesta a lo que no es atractivo. "Dime a quien amas," - escribió Houssane- y te diré quien eres."
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